Hay algo de mi que quiero que todos sepáis:

Tengo un amor y una obsesión por los gatos muy, muy grande. También adoro a los perros, que son todo amor y cariño y lealtad, así que sin rivalidades, pero, los gatos, para mí son especiales. Muy especiales.

De eso que una de las cosas en las que me baso para saber si alguien me va a caer bien, es si le gustan y respeta a los mininos. Si me dices «Uf gatos no, quita, quita» te miraré siempre con desconfianza y eso es así.

Sólo basta echar una mirada a la decoración de mi habitación para darse cuenta de la situación que os intento explicar.

 

E incluso en mis adorados juegos de The Elder Scrolls, siempre me hago al menos un personaje Khajiit, que, como intuiréis, sí, se trata de una raza de gatos antropomórficos.

 

Os presento a Purr-Oos-Pah

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por eso, hoy os quiero contar un poquito de mi vida y mi relación con estos seres supremos.

Hace más de 18 años, en mi hogar una preciosa gata Persa. Era de un lustroso color negro, con ojos dorados y la puntita de la lengua casi siempre fuera. Tan tierna, esponjosa y achuchable era, que le pusimos de nombre «Cosita». No estaba sola, con ella también vivía una buena amiga, peluchona, blanca y alocada llamada Nieve.

Como era tan aventurera, un día Nieve saltó a un tejadillo y se puso a explorar, como solía hacer junto con su amiga. Pero esta vez se fue sola y exploró tan lejos que no supo encontrar el camino de vuelta. Aquello fue todo un acontecimiento. Incluso llamamos a la policía para intentar encontrarla y casi lo logramos, pero ella estaba tan asustada que, sin saber que la queríamos rescatar, escapó aún más lejos. Pasaron las semanas y cuando la tomábamos por perdida, una amiga y vecina de calle, la localizó en los tejadillos de su bloque de pisos.

Estábamos muy felices, ¡al fin podríamos devolverla a casa! Pero en cuanto la recogimos, el quejido que soltó y su poca resistencia nos dio a entender que había sido demasiado tarde. Estaba deshidratada y su hígado se había resentido. Su cuerpo no pudo superarlo. Su pérdida fue muy dura para todos, incluida Cosita.

Tiempo después, el vacío que había dejado la preciosa Nieve no parecía que fuese esfumarse. Fue entonces cuando decidimos acoger a Salem, un aguerrido Angora de pelaje Blanco. Sinceramente a pesar de que fueran macho y hembra, pecamos de inocentes, pensando que no iba a pasar nada entre ellos. Un día salimos de casa y al volver nos encontramos una habitación patas arriba y a Salem limpiándose pelos oscuros del pecho… dos meses más tarde, Cosita se puso de parto.

Fue un parto complicado, y mi madre y yo estuvimos ahí para atenderla. Cosita tenía un cuerpo más bien menudo y una de las dos criaturas que estaba a punto de nacer era demasiado grande y le costaba salir. Así que con mucho miedo y aún más cuidado, mi madre tiró suavemente de ella, y al fin, una gatita oscura y enorme, salió del diminuto cuerpo de Cosita. Pudimos ver en sus ojos el dolor, pero también el agradecimiento. En esos momentos de calma, casi por sorpresa, un gran bulto blanco salió disparado de su interior, como si acabase de bajar por un tobogán.

Habían nacido dos gatas preciosas,a las cuales llamamos Isis  y Luna. Isis, la más  grande, con pelaje  carey.  Luna, blanca y esponjosa como su padre.

Desde aquel momento en que las ayudamos a nacer, notamos el gran vínculo que habíamos formado con ellas. Verlas crecer cada día fue una auténtica delicia. Pasaron de ser bolitas de pelo a auténticas señoritas. Crecieron felices, juguetonas y llenas de carácter. Isis, calmada, taciturna, muy lista y un poco orgullosa. Luna, más abiertamente cariñosa, siempre buscando mi compañía, extremadamente apasionada.

Precisamente, ella desarrolló un vínculo tan fuerte conmigo, que disfrutaba subiéndose a mi espalda, donde podía permanecer encaramada por horas. Dormía conmigo, y en cierto modo, entiendo que me marcó como «suya», pues siempre reclamaba su espacio cerca mío y me lloraba cuando no estaba junto a ella. A veces, parecía capaz de pronunciar palabras. No muchas, pero lo suficientemente comprensibles. Una de sus preferidas, era «Nunca».

Yo le preguntaba:»Luna, ¿algún día me dejarás de querer?»  «¡Nunca!» (No es farol, ¡tengo testigos!)

Los 15 años que pasé junto a ellas volaron, y jamás pensé que algún día podría separarme de ellas, para no volverlas a ver. Era algo en lo que jamás quise pensar, sobre todo cuando me vine a Inglaterra. Porque cuando tienes a seres queridos lejos, nunca quieres pensar que el tiempo va a pasar, que se van a hacer mayores, que un día van a morir.

Entonces, ese día llega y te pega una bofetada de realidad. El primer golpe llegó el 10 de Noviembre del 2018, cuando Luna murió. El segundo, ha sido ayer, 26 de Marzo de 2019, cuando le llegó el turno a Isis, así por sorpresa. ¿Fue por la edad, tal vez? Una niña linda como Isis nunca parecía que fuese a hacerse mayor jamás, tan elegante, tan cariñosa. Y yo en ambas fechas, tan lejos de ellas.

Mi único consuelo es que pude visitarlas en verano del año pasado, cuando pude besarlas y achucharlas una última vez. Ahora, aún desde la distancia, siento el vacío y el dolor de su pérdida como dagas clavándose en mi garganta, y un frío terrible en mi corazón. Me niego a creer que sus luces se hayan apagado. Quiero saber que cuando vuelva de visita ellas van a seguir ahí, contándose secretos, mientras se acicalan mutuamente. No es posible, ellas no.

Ellas, a las que había ayudado a traer el mundo, eran más que simples compañeras. Eran parte de mí.

Y ahora se han ido, sin que les haya podido decir un último adiós.

Lo único que he podido hacer, ha sido un pequeño monumento, con las mejores fotos que tenía a mi alcance. Bueno, en verdad el de Luna lo hice en su día en Noviembre, pero hoy lo actualicé.

Ahora los recuerdos de las dos permanecen por siempre en la cabecera de mi cama, donde las invito a colarse en mis sueños, donde podemos jugar de nuevo.

Mis pequeñas Isis y Luna, gracias por haber nacido. Gracias por la enorme alegría que aportasteis a mi vida, gracias por enseñarme a querer incondicionalmente.
Deseo que ahora seais felices juntas, en el cielo de los gatos.